Frente a la pobreza lacerante obsesiva fijación en Pemex

Valorar el capital humano de nuestro país no ha estado siendo el centro de atención de las políticas públicas y ahí tenemos un fuertísimo reto, como muestra la Medición Multidimensional de la Pobreza 2012, del Coneval, que documenta que vive en la pobreza el 45.5 por ciento de la población de México, y que en estados del sur y centro del país como Chiapas, Guerrero, Puebla y Oaxaca, este porcentaje se va del 60 al 70 por ciento. La población en pobreza extrema es de 11.5 millones de personas, 9.8 por ciento de los mexicanos.

Pero, ¿qué es lo único que se les ocurre a algunos?: la solución milagrosa; considerar el petróleo de México como la fuente principal de recursos para la salvación de México, como la llave de la felicidad actual y futura, con argumentos contradictorios que no resisten un análisis consistente. Insistir en desatinadas modificaciones constitucionales como lo ha hecho el PAN en su propuesta de reforma energética.
Y también el tono aperturista de la ofensiva mediática de los funcionarios del sector, el director de Pemex, Jorge Emilio Lozoya, y el secretario de Energía Pedro Joaquín Coldwell; este último advierte con inusitado ¿o resignado? fatalismo que sin la reforma energética “México podría convertirse en un importador neto de energía primaria en los próximos años”. Pronto sabremos si estas instancias extremas pudieron ser contenidas por la más moderada posición del presidente del PRI, César Camacho, que ha dicho: “este sábado (3 de agosto) se cumplirán cinco meses de que fuera aprobada en el seno del partido la reforma energética del PRI.
Consensuada como ninguna otra, en muy interesantes e intensas discusiones en la fase final de la XXI Asamblea Ordinaria, el 3 de marzo fue aprobada la propuesta de una reforma energética que sea motor de la inversión y el desarrollo´ plasmada en los párrafos 314 al 332 de nuestro vanguardista Programa de Acción” (Artículo “La Reforma Energética del PRI”, El Universal, 30jul13). Dichos párrafos, en verdad, no darían lugar a ninguna política aperturista para Pemex.

Porque es realmente insostenible el dogmatismo que se apodera de grupos políticos y de agentes económicos frente a las durísimas realidades que nuestro país ha venido enfrentando en los últimos años, que lo mantienen en la pobreza lacerante y la extrema desigualdad económica y social. Así, con una obsesiva fijación, esos grupos están dando a la “reforma energética” (entendida principalmente como una mayor apertura a la inversión privada nacional y extranjera en las actividades petroleras) el carácter de milagro para resolver la grave problemática del país, haciendo olímpicamente a un lado varios hechos obvios. Primero, que nuestra grave realidad, como fenómeno compuesto de muchas facetas, tiene que ser abordada y resuelta integralmente, y una reforma petrolera no es varita mágica para resolver todo. Segundo, que las opciones de solución deberían cumplir las condiciones de no ser una carga adicional en la situación actual ni comprometer o enajenar el futuro del pueblo de México.

En cuanto a las insuficiencias y fallas de Pemex (por no hablar aquí de la CFE), los análisis reformistas no toman en cuenta que las mismas se deben fundamentalmente a una pésima administración de la paraestatal y al expolio financiero al que la sujeta el gobierno federal, además de que tiene que comprar en el exterior los petrolíferos para el consumo interno que, es crecientemente también, incapaz de producir.