El ascenso al Mont Blanc

Escalar una montaña es una metáfora de la existencia. Te das cuenta de lo inmenso que es el Universo, de lo pequeños que somos los humanos comparados con él, de lo frágil que es la vida y de lo lejos que podemos llegar cuando nos esforzamos por algo. Así fue estar en el Mont Blanc en Francia a 4810 metros de altura.

Antes de iniciar el ascenso, nada más agridulce que el sabor de saber que estás ante la oportunidad de lograr algo que siempre has querido. Ahí estaba yo, luego de cruzar el océano Atlántico, estaba ahí, en medio de un clima gélido, con la incertidumbre y la emoción de iniciar un camino al que para llegar había que ir en dirección al cielo, literalmente.

Así me dispuse a iniciar mi ascenso a una de las cimas más emblemáticas del planeta. En L’aiguille du midi me puse los crampones e inicié mi camino al refugio de «Cosmiques». El primer día fue cómodo. Nada que no hubiera hecho antes.

Ya estando ahí platiqué con otros alpinistas. Me decían que no era buena idea subir solo a la cumbre del Mont Blanc, que las grietas eran peligrosas, que había caído más nieve que en años anteriores, que la semana anterior habían muerto ahí cuatro escaladores.

La noche fue terrible, me soñaba cayendo en una grieta y muriendo del otro lado del mundo. Entre sueños pensaba en desistir y volver a casa, pero al despertar renacían mi ánimo y mi optimismo.

Así, a la una de la mañana salí con rumbo a la cima. De los cerca de 130 alpinistas que había, yo era el único que iba solo. Todos los demás se encordaban en equipo para que si alguno caía a una grieta los demás lo rescataran. Yo, sin cuerda y sin nadie que me acompañara no tenía margen de error.

Inicié el camino a buen paso. Luego de casi una hora de ascenso me topé con la primera grieta, tenía cerca de 40 metros de ancho, para cruzarla se había colocado una escalera sujeta con cuerdas. Pasé por ella teniendo que escalar en pared de hielo la última parte. Al superarla, me di cuenta de que esa cima tenía que ser mía.

Después de eso vino una grieta aún más complicada, había que cruzarla saltando para llegar a una especie de escalón de nieve, clavé el piolet del otro lado para jalarme, sabiendo que si caía nadie se enteraría jamás. Finalmente con el máximo cuidado del mundo, logré sortearla.

Luego apareció frente a mí una imponente pared de hielo, eran cerca de 70 metros de alto con una inclinación de 80 grados. Era escalada casi vertical. Una vez más, todos sujetos por sus compañeros con cuerdas y yo subiéndola solo y únicamente con mi piolet y crampones. Era cómo estar en una película de montaña de esas que tanto me gustan.

Las horas pasaban. Empecé a sentirme mal, no supe si era el mal de montaña a 4600 metros de altitud o si era el cambio de horario de México a Francia, pero sentí mucho sueño. Así avancé los últimos metros. Al tener la cima a la vista, supe que me faltaban cinco minutos más de camino para lograrla. Estaba exhausto, con dolor de cabeza, con las piernas dormidas por el frío, pero con el alma radiante y sintiendo una gran emoción.

Me resultaba contrastante pensar que ese día estaba en la cima más alta de Europa y que años atrás en esas mismas fechas me encontraba luchando por mi vida al ser sometido a cirugías de corazón abierto.

Ya en la cima, saqué un par de fotos, un video y volví. El viento era tan frío que no se podía estar mucho tiempo ahí. Pero esos minutos me regalaron la romántica vista de un amanecer que iluminaba una tierra sin fronteras, en donde no diferencias donde acaba Francia y empieza Italia.

Si he de ser sincero, en más de una ocasión el pensar en el apoyo de la gente fue lo que me impulsó a seguir. El saber que las personas que me quieren destacan el hecho de que no me rindo ante mi enfermedad del corazón. El saber que mi círculo de amigos esperaba el amanecer del sábado para ver una foto mía en la cima ya publicada. Eso me hacia dar el siguiente paso.

De regreso, solo podía pensar en que ese sueño de escalar el Mont Blanc se había ido, ya estaba cumplido, ya no era un motor, tan solo unos minutos después ya parecía algo tan lejano, que creo que necesito una nueva meta para sentirme vivo, para sentirme con los pies sobre las nubes, pero con el corazón en la tierra.